11.11.06

Veintinueve

Aunque las cifras no se harían públicas hasta algunos días más adelante, en ese mismo instante veinticinco millones de espectadores en España, y algunos más en el resto del mundo, contemplaban en sus hogares las temblorosas imágenes que Álex transmitía desde su posición en lo alto de la parada de autobús. Ya no habían vuelto a pinchar su voz en directo, aunque sí se grababa, y más adelante serviría para montar extensos reportajes, e incluso quizá un documental sobre los hechos de aquel sábado fatídico. Y es que Álex no lograba callar, e incansable, retransmitía todo lo que veía, escuchaba o sentía, con todo lujo de detalles.

Desde que le habían cortado el sonido, la cámara del joven periodista había ido mostrando el terrible enfrentamiento entre poco menos que un millar de manifestantes y los cientos de policías que intentaban detenerlos. Lamentablemente, gran parte de lo que sucedía allí abajo escapaba de su objetivo, ya que los manifestantes se habían ido disgregando y la lucha se desarrollaba en varias calles a la redonda, pero el principal frente se mantenía frente a sus ojos, donde las tanquetas de agua, las dos inutilizadas desde hacía rato, servían de barrera y protección a los miembros de la ertzaintza. Ya raramente se llegaba al cuerpo a cuerpo, y en lugar de eso, como si de un ritmo macabro se tratara, cada pocos segundos se escuchaba alguna explosión, disparos, destrozos. En la calzada, en la zona neutral que separaba ambos bandos, había zapatos abandonados, manchas de sangre, restos de pancartas. A pesar de los numerosos muertos, no había ningún cadáver, ya que cada vez que alguien caía, fuera policía o manifestante, sus compañeros lo retiraban rápidamente. Álex se preguntaba en voz alta dónde iban a parar todos esos cuerpos: desde su posición, él había contado once policías y al menos otros tantos manifestantes, y podía imaginar que eso no era más que una parte del recuento total de muertes. Las sirenas de las ambulancias iban y venían incansables, pero era evidente que acudían más al lado de las fuerzas del orden, quizá porque una de las que pretendía asistir a los manifestantes había sido atacada y ahora humeaba volcada de lado en una de las calles limítrofes con el campo de batalla.

Aunque Álex intentaba no levantar demasiado la cabeza para no recibir alguna de las balas que a veces escuchaba atravesar el aire cerca de su posición, si pudo comprobar que los manifestantes se habían hecho fuertes en tres posiciones principales, Mientras la policía cubría completamente el cruce de las calles Olano, Miribilla y Arechaga, en lo que constituía el acceso oeste a la plaza Sarategi, sus opositores dominaban ya la esquina de Cortes con Conde Mirasol, a menos de cien metros un bando del otro, así como los accesos por los dos lados de la calle Cantalojas y una especie de isleta en el centro de la calle Cortes, formada por dos coches atravesados y unos pocos contenedores ardiendo a su alrededor, que contribuían al caos con su humo negro y apestoso. Desde esa última posición partían los ataques más duros, con el tableteo esporádico de algún tipo de ametralladora pesada que mantenía a los policías a ralla cada vez que éstos intentaban cambiar de posición.

En el último intento de avance por parte de los ertzainas los tiros habían abatido de golpe a cinco de sus miembros, aunque Álex pudo ver que varios de ellos sólo estaban heridos. Después de eso no lo habían vuelto a intentar, y más allá de la constante lluvia de botes de humo que lanzaban contra los otros, parecían estar aguardando algo. ¿Pero quién llegaría antes? Preguntaba Álex en voz alta a una audiencia que por el momento no le oía: ¿Los refuerzos de la policía, o los de los manifestantes? Por el momento el estado de tablas en que se encontraban ambos bandos parecía ir decantándose lentamente a favor de los miembros de la ertzaintza, ya que nuevos efectivos iban uniéndose a ellos a cada minuto, y aunque el periodista no lo sabía, un grupo numeroso se estaba concentrando en la plaza del Doctor Fleming para intentar cerrar la retaguardia de los manifestantes. Fue entonces cuando ocurrió lo inesperado, aunque Álex en cierto modo ya lo había augurado.

Como la tantas veces mencionada calma que precede a la tempestad, de repente un silencio se adueñó de las calles y el aire pareció condensarse a su alrededor a causa de ello. Pero el silencio se convirtió en murmullos, cientos de voces que hablaban a la vez, hasta que Álex creyó escuchar unas risas, también gritos, pero ningún disparo. La cámara del periodista barría el campo de batalla en busca del motivo de toda aquella expectación sin encontrar nada, cuando al final llegó el sonido antes que la imagen. Era un chirriar mecánico, ruidoso, que empezaba a llegar a él desde algún punto tras la barrera formada por los policías. Y sin embargo, cuando su atención se concentraba allí, un griterío llegó desde el otro lado, y la cámara giró veloz en esa dirección para mostrar al fin una gran tanqueta pintada con colores de camuflaje que aparecía por la calle Conde Mirasol y se detenía atravesándose en medio de la calzada, seguida por otra tanqueta idéntica que adoptaba la misma posición. Los manifestantes gritaban y saltaban de alegría, levantando sus armas y pancartas, como si su salvador hubiera llegado. Un instante después otras tanquetas llegaban por el lado norte de la calle Cantalejas y tras unos minutos también los accesos sur a la calle Cortes quedaban bloqueados por esas tanquetas militares. A su llegada los antes dispersos manifestantes habían vuelto a reagruparse en esa calle central, sin preocuparse ahora de una policía que no se atrevía a hacer ningún movimiento, esperando órdenes de sus mandos. Antes de que esas órdenes llegaran, el origen del estrépito metálico que no había cesado se materializó ante los ojos de todos los allí reunidos.

Lo primero que se vio fue el inmenso cañón, seguido del amenazante cuerpo del tanque, que llegaba desde algún lugar tras los policías. Un soldado sobresalía en lo alto de la torreta, las manos a los mandos de una potente ametralladora, la cara oculta por el casco y las gafas de combate. Tras el tanque llegaron otros, y a su paso los policías se apartaban desconcertados, hasta que al final tuvieron que amontonarse todos contra las fachadas de los edificios a fin de dejar paso a los tres blindados que lograron encajarse, lado a lado, en el cruce que antes ocupara la ertzaintza. A su retaguardia, una increíble columna de vehículos militares había ocupado los jardines de la calle Olano, dejando libre, sin embargo, la plaza Sarategui. Finalmente la tensión se desgarró al son de unos silbatos, que rápidamente fueron seguidos por las órdenes gritadas con la agresividad castrense habitual, y los soldados que hasta entonces se habían apiñado en los camiones de transporte saltaron al suelo y corrieron a ocupar las posiciones que se les había asignado. La cámara de Álex recogía todo aquel espectáculo como un testigo mudo, ya que entonces ni siquiera el periodista se sentía con ánimos de decir nada.

La incógnita atenazaba su lengua, ya que si bien por un lado la presencia del ejército le alegraba en cierto modo, como garantía última de que cesaría el baño de sangre, sus premoniciones y la alegría de los manifestantes le hacían temer lo peor. Entonces pudo ver como un grupo nutrido de soldados avanzaba escoltando al que Álex imaginó sería el comandante de aquel poderoso ejército. En dirección contraria media docena de policías, casi todos ellos en su uniforme normal, sin protecciones, avanzaba para encontrarse con los militares. Van a parlamentar, se dijo Álex, o a negociar, o qué sé yo. La cámara hizo zoom hacia ambos grupos cuando se encontraban, aunque logró poco más que hacer temblar la imagen, sin que llegaran a verse con claridad los rostros de los allí reunidos. El comandante del ejército estaba hablando con dos ertzainas, y sus soldados se habían desplegado en semicírculo a su espalda, las armas apuntando al suelo, pero no por ello menos amenazantes. La imagen mostró lo que parecía una discusión, los ertzainas protestaban, y los gestos del comandante eran más que expresivos, tajantes. De repente los soldados levantaron sus armas y apuntaron directamente a los policías que tenían enfrente, y por un momento Álex temió lo peor. Tras unos momentos de duda, en los que soldados y policías se apuntaron unos y otros peligrosamente, los mandos policiales depusieron su actitud conscientes de que poco podían hacer contra los militares, claramente superiores en número y armamento. Justo en ese momento, una nueva e inesperada imagen se sumó a la escena.

Álex levantó la cámara lentamente, quizá intentando dar aún más dramatismo a todo aquello, quizá porque su confusión ya era superior a cualquier otra cosa. Recortados contra el azul del cielo, unos gigantes de doble aspa se acercaron lentamente hasta detenerse completamente a unos cincuenta metros por encima de sus cabezas, haciendo un ruido ensordecedor y levantando corrientes de aire que hacían bailar las hojas de los árboles y sacudieron banderas y pancartas como si se tratara de un huracán. Todas las miradas se volvieron al cielo, y aunque nadie lo vio, los dos generales al mando del mortífero circo sonreían henchidos por la satisfacción.

Uno de los helicópteros descendió aún un poco más, hasta donde los edificios le permitieron, y unas largas cuerdas cayeron desde su interior, golpeando el suelo con fuerza en medio de la calle. Como en una película de Hollywood, una docena de soldados completamente equipados y con las caras pintadas se deslizaron a gran velocidad hasta tocar el suelo y se desplegaron en círculo apuntando en todas direcciones, ante la alegría y admiración de los cientos de manifestantes que les rodeaban. El helicóptero se movió lentamente y dos grupos más repitieron la escena a lo largo de la calle, y luego otro Chinook relevó al primero y volvió a repetir todo el procedimiento. Mientras tanto, en medio de la plaza Sarategui, los otros cuatro aparatos descargaban rápidamente su contenido de tropas y equipo, y los diferentes comandos corrían a toda prisa, esquivando a policías y manifestantes, para ocupar sus posiciones en portales, tejados y demás puntos estratégicos. En apenas quince minutos el ejército había tomado absoluto control de la situación, aunque eso se debía en gran parte al entusiasta sometimiento de los manifestantes y a la frustrante rendición que los policías tuvieron que aceptar para evitar el desastre.

El periodista no pudo evitar que una fugaz imagen en la que uno de los bandos no hubiera depuesto las armas se formara en su imaginación. Pudo ver con los ojos cerrados a los terribles tanques atronando en las calles de Bilbao, las docenas de soldados que ahora había por todas partes disparando sin cesar, los muertos, la sangre. Sacudió la cabeza para quitarse la imagen de la cabeza y se preguntó que más podía ocurrir a partir de ese momento. Algo llamó la atención, y al darse la vuelta vio que alguien se encaramaba a la marquesina de autobús que había ocupado en todo ese tiempo. Para su sorpresa, un hombre en tejanos y camiseta se plantó a su lado con una gran cámara al hombro y empezó a filmarlo todo sin decir palabra. Álex iba a protestar cuando vio que a cierta distancia una locutora empezaba a hablar de cara a otra cámara junto a un grupo de soldados que todavía permanecían alertas, apuntando con sus armas hacia el frente. Aquí y allá, los periodistas habían tomado sus propias posiciones, y Álex fue incapaz de adivinar cuánto llevaban allí, en qué momento había perdido la exclusiva de todo aquello. Peor aún, por un momento se preguntó quién les habría convocado. A su lado, el cámara hacia un perfecto barrido del ya tranquilo campo de batalla, y en momento sus miradas se cruzaran, lanzándole el avezado profesional un guiño cómplice.

2 Comments:

Anonymous Ezizen said...

Antes de nada decirte que me está resultando interesante el libro y que espero con ansia cada nueva entrega. Me gustaría sin embargo hacerte un par de críticas que espero sean constructivas. La historia puede ser creible en un momento dado, pero las localizaciones la hacen de todo punto imposible. Simplemente la acción no cabe donde la has situado. Haces una descripción muy detallada de calles y cruces donde situas el enfrentamiento entre ertzainak y ultras y cualquiera que conozca Bilbao minimamente, te podrá decir que en esas calles no cabe tanta gente, no caben dos tanquetas de la ertzaintza en paralelo, mucho menos un blindado y no ha pasado por la calle cortes un autobus en la vida. La anchura de esas calles y los accesos a las mismas no permite el paso de los vehículos que describes. Tampoco la configuración de las calles permite el desarrollo de la batalla campal, tal y como la describes, no existe mobiliario urbano, ni elementos de otro tipo que permita atrincherarse de esa manera a los manifestantes. Simplemente una andanada de botes de humo de una de las tanquetas de la ertzaintza que has mencionado habría hecho la atmosfera irrespirable y habría desalojado a los manifestantes a no ser que fueran equipados con máscaras antigas. Por otra parte la elección de la carretera de acceso de los militares desde Burgos me parece incorrecta, se tarda tres horas por esa carretera en llegar a Bilbao en un turismo. E.T.A. no tiene capacidad (eso espero al menos) para organizarse y detener una columna de blindados mediante minas y lanzagranadas, pero los tanques habrían sido detectados nada mas entrar en Alava y con lo que tardarían en llegar habrían sido bloqueados o detenidos simplemente mediante la colocación de pequeñas barricadas o cortes de árboles. Es una carretera estrecha que pasa por mitad de muchos nucleos pequeños de población. Desde el punto de vista estratégico es la peor opción y además accede a Bilbao desde el lado opuesto de la calle Zamácola. Para entrar por esa calle viniendo por la carretera que has dicho tenían que haber callejeado por todo Bilbao. Me da la sensación que para documentarte estás utilizando un plano de Bilbao y la guía campsa y no conoces los lugares que mencionas.
En cuanto la posibilidad de traer a Bilbao a los cinco mil aguerridos miembros de la ultraderecha que describes, y que aparezcan en medio de la ciudad sin ningún tipo de control es imposible. Necesitarias unos quinientos autobuses que necesariamente habrían tenido que llegar en su mayoría por la autopista Ap-1, donde con un simple control de carretera habrían sido detenidos, sus ocupantes identificados y cacheados. Aunque el departamento de interior del Gobierno Vasco habría minimizado la amenaza de una concentración de ultraderecha en Bilbao y hubiera sido pillado fuera de juego, teniendo en cuenta el escenario del asesinado del Rey y la situación política que se viviría, la concentración habría sido prohibida y se habrían puesto los medios para que los manifestantes ni hubieran llegado a la ciudad. Ten por seguro que en Miranda de Ebro habrían sido detenidos los autobuses.

8:37 a. m.  
Blogger Andreu Costa said...

Hola Ezizen,

Primero, me alegro de que te esté gustando este primer borrador y haya logrado robarte unos minutos cada día, no sabes lo que me llena eso de ilusión.

Segundo, ¡gracias, gracias, gracias! Como bien intuyes, sólo he estado en Bilbao una única vez, y de eso hace ya muchos años, así que todo lo que describo lo hago en base a planos y fotos de internet, y de forma plenamente provisional. Esperaba poder contactar con algún bilbaino, o incluso acercarme yo a pasar a un par de días en la ciudad para comprobar las "localizaciones". Si como dices las calles que he elegido no son adecuadas, habrá que buscar otras, y lo mismo con la carretera por la que llegan los tanques.

Sobre la llegada de los fascistoides, bueno, no tienen por qué llegar todos en autocar, ni todos a la vez. Podría ser un acceso escalonado, en trenes, coches, autocares... Pero bueno, revisaré también ese aspecto, aunque me reservo cierta licencia literaria :) De hecho, ahora mismo estoy trabajando en los dos últimos capítulos, y una vez complete el primer borrador, tendré por delante un importante trabajo de profundización -personajes, situaciones, localizaciones, etc.-, además de la indispensable corrección orotgráfica, tipográfica e incluso de estilo.

Te agradezco mucho las sugerencias, y me encantaría poder contactar contigo de cara a comentar posibles alternativas, si te apetece. Si te ves con ánimos, puedes escribirme a andreucosta(arroba)gmail.com

Muchas gracias de nuevo.

Andreu

10:26 a. m.  

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